Del orgullo paisa al ‘calibalismo’ local

En medio de una alerta roja comenzó la Feria de las Flores, el evento cultural más importante para los paisas que, aunque tradicionalmente se celebra en agosto, tuvo que aplazarse hasta noviembre porque para su fecha oficial estábamos en pleno pico de la pandemia. Sin embargo, y a pesar que las cifras de contagios y ocupación de Unidades de Cuidado Intensivo no son las mejores, la Alcaldía de Medellín sacó adelante el evento y encontró el respaldo de su clase política y empresarial para hacerla, con nuevas dinámicas y todos los protocolos de bioseguridad.

Se unieron, entre otros, Teleantioquia, la Gobernación de Antioquia y los gremios, para crear un clima de respaldo y confianza. Y no era para menos; los paisas se han distinguido por halar para el mismo lado y sacar adelante su región, por hablar bien de su ciudad a pesar de las dificultades normales, algo que a muchos les molesta pero que no se puede negar.

El desfile de silleteros, que es la cúspide de estas festividades que duran 10 días, le garantizó la participación a estos campesinos horticultores y además les aseguró el mismo ingreso que en años anteriores. Lo mismo sucedió con los participantes del Festival de la Trova, el concierto inaugural o todas las expresiones artísticas y culturales que giran en torno al evento.

Uno de los principales argumentos para sostener la actividad, es la generación de empleo, la reactivación económica y la compensación que puede recibir el sector cultural después de un año tan difícil. Aunque es la misma razón que justifica la realización de la Feria de Cali, las reacciones son muy distintas.

Revisando las redes sociales y al menos diez artículos periodísticos de medios nacionales y regionales que registran la programación de la feria, no encontré en alguno de ellos polémica por el valor de la organización del certamen. Allá se han centrado en la oportunidad que tiene Medellín de sacudir un poco la tristeza y al menos reparar en algo el inmenso daño que el confinamiento le ha propinado al país en materia económica.

Tristemente la situación en Cali es distinta porque tradicionalmente la Feria ha sido el caballito de batalla de los politiqueros que, al no tener propuestas novedosas, se repiten en lo mismo de todos los años para causar indignación, miedo y rechazo: la formula milenaria del político para dominar al pueblo. Tal vez la mala memoria siempre nos juega una mala pasada, pero nuestro certamen, que en el exterior es una de las pocas oportunidades que tenemos para vender a nuestra ciudad con noticias buenas, siempre ha sido blanco de críticas: que el cerramiento, que el desorden, que los precios, que las orquestas. Nunca estamos contentos y eso es un manjar para el politiquero que ahora ve en las bodegas pagadas de cuentas falsas de redes sociales, el elemento perfecto para dividirnos.

Eso de que ‘caleño come caleño’ o el famoso ‘calibalismo’ no nos deja avanzar como sociedad y será la historia la que nos siga relegando a ser segundones de Antioquia, no porque no tengamos el potencial, sino porque no tenemos la convicción suficiente para convencernos de que si ganamos todos, pues a todos nos va bien.

Curiosamente la Feria de las Flores y la de Cali cumplen este año su versión número 63 y la nuestra, para quienes no lo saben, surgió de una de las peores tragedias que ha vivido la ciudad: la explosión del 7 de agosto de 1956. En medio de la muerte, la crisis y la devastación, la primera Feria de Cali impulsó la ciudad a tal magnitud, que ese ciclo tuvo su clímax con la organización de los Juegos Panamericanos de 1971.

Pensar que la Feria de Cali es una simple fiesta es ser demasiado ciegos, es solo ver hasta donde algunos quieren, es limitarnos a la simpleza de una discusión de redes donde los argumentos se basan en lo emocional, producto del motor de odio de unos cuantos pensando en luego llegar como los grandes redentores a arreglar un problema que ellos mismos inventaron.

Si usted algún día ha ido a la Feria, la ha disfrutado, si le ha compartido a alguien del exterior con orgullo, lo invito a pensar que más de 8 mil bailarines de las escuelas de salsa no han tenido trabajo por diez meses, que las orquestas no tocan, que los coreógrafos no tienen nada que hacer, que la industria musical está muerta y las iniciativas culturales no han tenido un respiro y que, en medio de tanta mala noticia, la Feria siempre será un motivo para creer.

Publicado por Hernán Hormaza

Con 25 años de experiencia como reportero en medios de comunicación y asesor de empresas públicas y privadas en el desarrollo de estrategias de comunicación externa y relacionamiento con medios.

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